En los Talleres de Expresión , entra la práctica psicomotriz, que se realiza con los más pequeños de 2 años hasta los 6 años .
Este texto hace referencia a la actitud de la figura del Psicomotricista, en este caso yo como figura de facilitadora de la actividad de psicomotricidad. Este texto es para que las familias entienda un poco más la figura del Psicomotricista , como funciona esta actividad y lo que hacen las niñas y niñas que vienen a psicomotricidad.
Actitudes del
Psicomotricista:
Ser
compañero simbólico en su
juego que no es ser su compañero de juegos, sino que simbolice ciertos roles a
petición del niño/a.
Empatía tónica; para responder a las peticiones del niño/a
hay que comprenderlo previamente. Se trata de mantener una actitud de
escucha; manera de ser, de estar cerca y lejos de lo que vive el otro=
Empatía Tónica, sólo así podremos responder a las peticiones del niño/a. Se
trata de prestar atención a los parámetros psicomotores del niño/a cómo; la
manera de explorar el espacio, la manera
de explorar el material, el tiempo y la duración de la actividad, la postura,
el lenguaje, el movimiento, la mímica, la mirada, etc.
Escucha activa del
cuerpo del niño/a, de la expresividad de su mundo interno, de su deseo
inconsciente, de sus demandas y su forma de comunicarse. Una
escucha que nos
permitirá una intervención u otra en función de su momento evolutivo.
En toda esto relación
está presente el concepto de disponibilidad corporal, como actitud de escucha.
Es una nueva manera de situarse respecto al niño/a, es tener una actitud de
empatía, ser capaz de descentrarse hacia el otro, intentar comprender la
historia que nos cuenta la otra persona, sin juzgarla, para desde allí, poder
ayudarle a resolver sus dificultades.
La disponibilidad
corporal supone además un nuevo modo de actuar a través del cuerpo, utilizando
como mediadores la mirada, el gesto, el espacio, los objetos... etc. (Boscaini,
1989).
Símbolo de ley y de
seguridad; El Psicomotricista va a ser el que garantice
esta ley, al igual que es garantía de seguridad. En esta situación de juego
espontáneo, él ha de contener y retomar las situaciones difíciles, manejar los
conflictos sin culpabilizarlos. Una autoridad del Psicomotricista clara, que
garantiza la seguridad de todos para que la expresividad sea posible. Esta
autoridad entendida como “el que sabe lo que hay que hacer”, es necesaria
mostrarla tanto con gestos corporales como en pequeñas estrategias de intervención
que se van aprendiendo en el proceso formativo.
Dentro del dejar hacer
el Psicomotricista ha de fijar los límites de la libertad:
No
hacer daño al compañero, lo cual no excluye las relaciones agresivas, no
destruir el material, etc.
"Tomar
conciencia de la importancia del juego en la construcción y el desarrollo de la
personalidad del niño. Observar ese juego y comprender qué es lo que se está
jugando (sentido), participar sin ser directivo ni invasor y contenerlo dentro
de los límites de lo simbólico. Esto es importante para el niño, pero también
para el maestro y sobre todo para su
relación. Este juego corporal, este
juego psicomotor es una oportunidad para el maestro, de establecer con el niño
y con el grupo clase otra relación; una relación de persona a persona que no
está mediatizada por el rol pedagógico" (Lapierre, 1990).
Según Lapierre durante
la sesión de Psicomotricidad el maestro no tiene nada para enseñar, sólo ha de
estar disponible para el niño/a, seguirlo en la dinámica de sus pensamientos y
de sus actos. En esta relación, al no estar mediatizada por lo pedagógico y lo
intelectual toma un cariz afectivo que se articula alrededor de dos temas
esenciales de nuestra vida afectiva: el amor y el odio.
En esta relación
fundamentalmente corporal, el Psicomotricista ha de reencontrar en sí mismo el
placer del juego, del movimiento, ya que para que se dé una buena relación ha
de darse un placer compartido. No se trata tampoco de dejar hacer si no que,
mediante sus intervenciones, el Psicomotricista debe canalizar, orientar y
hacer evolucionar el juego, saber cuándo decir sí y decir no, jugar a la
aceptación, a la negación y a la provocación, teniendo un rol activo según las
necesidades y el momento evolutivo de cada niña y niño.
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